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Platicando no’mas

Lunes, 30 de Noviembre de 2009 Malc Dejar un comentario Ir a comentarios

Era día de lluvia poco intensa, pero de esa que nunca cede, tranquila pero que mantiene nuestros pies con esa sensación de humedad por el frío. Enrique sale de su cálida oficina, tranquilo, sin emoción de que ha terminado un día mas de trabajo, como siempre, pensando, ¿estoy satisfecho con lo que logré hoy?, ¿lo hice bien?. Enrique es a la vista de algunos una persona pesada y un tanto presumida, otros lo tachan de frío y calculador, algunos otros de tranquilo y reservado, a mi punto de ver es solo una persona mas, nada importante.

Al salir afloja un poco su corbata, entrecierra un poco los ojos para evitar que el agua algo sucia entre a sus ojos, prende un cigarro y al exhalar la primera bocanada, vuelve esa amargura que de vez en vez lo visita en su mente; ¿Esta es la vida que querías para ti?, ¿Así te mirabas en la universidad?. En ese trayecto frío y sucio de la oficina a su carro deportivo, cuestionó si sus desiciones fueron las correctas de nuevo. Al ritmo de paso sin prisa mira a un par de adolescentes mal vestidos abrazados, a una persona de su edad pidiendo limosma y a un taxista riendo con sus compañeros de trabajo bajo una parada de autobus. ¿Porque se miran mejor que yo? se cuestiona. Ese día los pendientes del trabajo quedaron completos, hubo halagos sobre su buena dirección y sin embargo, no fué un buen día para él. A veces la depresión se atenuaba al recibir noticias de otros amigos, aquellos que siempre figuraron como dignas apuestas para el futuro, que si bien la realidad fué otra, se les leía y veía conformes.

¿Que hubiera pasado si hubiera aceptado ese empleo en la otra ciudad?. ¿Que hubiera pasado si estuviera con esa otra mujer? ¿Que habría sido de mi si el miedo a lo que me dictaba el instinto no me hubiera dominado?, pareciera estar atrapado en una película de cruel guión, y de aburrido desenlace. Le ayudaba estar solo, distrayendose, le animaba mirar de visita a su amigo de secundaria, con quien compartía frecuentemente anécdotas y puntos de vista; el pasar tiempo con sus hijos pequeños le agradaba, pero el horario de su empleo lo hacían llegar tarde a casa, a veces incluso, los siete días de la semana. Un par de tragos del whisky de 18 años que guardaba en casa, le ayudaba a desconectarse un rato de su monótona vida, donde nada parecía valer la pena; los lujos se hacían nada, la piscina estaba olvidada, una casa llena de todo, pero vacía a su necesidad.

El caos del tráfico le dan locas ideas, entrar en sentido contrario a esa autopista posiblemente terminaría en la muerte, pero sería una gran emoción, una salida, pero bueno, el otro conductor que culpa tiene. Coquetearle a esa chica sería una aventura interesante, piensa, pero no lo hace, nunca le ha funcionado antes. Sumergido en esos pensamientos pasa la vida; Después de un rato de tránsito, la puerta eléctrica se abre y estaciona su carro en el garage, llega el momento de bajar el saco y la corbata que ha puesto en el asiento del copiloto, recoge su teléfono y mete sus cigarrillos a su bolsa, suspira nuevamente y abre discretamente la puerta de su casa, como queriendo pasar desapercibido, mira el refrigerador con algo de apetito, y mira el dibujo de sus pequeñas, su mujer se acerca por atras y restriega su cara contra la espalda de Enrique, “que bueno que estás en casa”, le dice, mientras una de las pequeñas a un costado le pide que la levante entre sus brazos. Y al sentirte valorado, respetado y amado, recuerda el sentido del trabajo, y el porque en su momento, se tomaron determinadas desiciones, eliminando de su mente todo lo que no vale la pena.

No se vale no intentar las cosas por miedo.

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